Friday, October 26, 2007

UN PREVIEW DE MI PROYECTO FINAL - UNA LEYENDA ORIGINAL

Este viene de un idea que yo tuve mientras visitando Machu Picchu en Peru. Disfruta!


La leyenda de como los indígenas vinieron ser como son

Érase una vez una maravillosa gente. Ellos pertenecían a las tierras montañosas ahora llamadas los Andes. Ellos vivían cercanos a sus dioses: los animales, el agua, las montañas, y, el más importante, El Sol. Para dar honor y mejor adorar estos dioses, la gente tomaba formas como los animales que les amaba mejor. Algunos hombres tenían patas y colmillos como los pumas, o piel peluda como las llamas. Algunas mujeres tenían escalas como las serpientes o alas como los cóndores. Vivían así por siglos y siglos, y los dioses estaban satisfechazos.

Por su gran devoción, los dioses les regalaban muchas cosas – la sabia de formando piedra para construir ciudades, estaciones de sol y lluvia para cultivar plantas, la protección de las montañas, el quechua para comunicar con los demás y los dioses mismos, y muchas plantas.

Les dieron planta comestibles, para que nunca se sientan el hambre. Les dieron avena, listo y salvaje. Les dieron fréjol, lo más rápido en crecer. Les dieron coca, útil en ceremonias y para aliviar los efectos de la altura, y algunas yerbas para los animalitos, incluyendo la paja, también usada por los techos de sus casitas. Había otras para hilar y hacer ropa, y otras para teñir esa ropa viva y festiva, para que nunca se sientan el frío.

Pero la cosa que los indígenas amaban mejor que todo era la yuca.

La yuca es una raíz, torcida y más gruesa que el brazo de un hombre, café afuera y adentro tan blanca como la nieve en las cimas de las montañas. Tiene una consistencia más dura que la de un plátano o una papa, y un sabor delicado y dulce. Los indígenas le amaban; le ponía en sopa, le hacían en pan y tortillas, y le freían y comían solita. Y gradualmente, la yuca subsumía las otras plantitas, y se convertía en la única comida de los indígenas.

Los dioses, cuando se dieron cuenta de lo que estaba pasando, se pusieron irritados. Habían dado muchísimos regalos a los extraños y bellos indígenas, y ellos no les agradecían – solo la yuca. Los dioses amaban los indios como hijos, y no querían ponerse enojados con ellos; entonces, decidían a darles una oportunidad para cambiar.

Primero vino la serpiente, representante del agua, las plantas, y todo el mundo subterráneo. Los dioses están ofendidos por su comportamiento, él advertía en la voz de los muertos. Hay que cambiar sus vidas, y agradecen todo que han recibido. Olvídense la yuca y abrazar todas las cosechas.

Y los indígenas escucharon. Sacrificaron llamas en penitencia y rogaron por perdón, y los dioses estaban satisfechazos.

Pero poco a poco ellos volvían a su amada yuca, y poco a poco la yuca suplantaba todas las otras comidas. Los dioses les descubrían de nuevo, y estaban enojados. Pero, porque los indios eran los niños favoritos, ellos decidían darles otra oportunidad para cambiar.

Ésta vez mandaban el puma, representante del mundo de la tierra visible, las montañas y los animalitos. ¿Por qué son ustedes tan desagradecidos? él les preguntaba en la voz de los vivos, cuando los dioses han dado tantas cosas ustedes solo importan sobre la yuca.

Y los indígenas vieron que el puma tenía razón, y sacrificaron llamas en penitencia y rogaron por perdón, y los dioses estaban satisfechazos otra vez.

Pero poco a poco ellos recordaban la yuca, y empezaban a olvidarse sobre otras cosas en su amor de esa magnifica raíz.

Cuando los dioses veían lo que estaba sucediendo, ellos estaban furiosos. Pero seguían amando los indígenas y no querían castigarles. Decidían darles una sola oportunidad más y por eso elegían el cóndor, representante del mundo celestial el cielo, el aire, y El Sol mismo, para llevar el mensaje.

Los dioses han sido generosos con ustedes, él dijo en la voz de las alturas. Les han dado muchísimos regalos en esta tierra, más tres oportunidades de cambiar de senderos malos. Cámbiense horita, porque no hay una cuarta oportunidad.

Y los indígenas sabían que el cóndor estaba correcto, y sacrificaron llamas en penitencia y rogaran por perdón, y los dioses sonreían a ver que los indios habían cambiados, y se pusieron satisfechazos.

Pero poco a poco los indígenas se sentían el hambre por la yuca, y abandonaban las otras plantitas y animalitos. Ésta vez, aunque, su afición por la yuca era tan fuerte que ellos construían un nuevo templo, y empezaban adorar también el tubérculo prohibido como si fuera un otro dios.

La furia de los dioses no tenía límite. Su paciencia había acabado y los indígenas merecían ser castigados por su ignorancia y falta de respeto. Las montañas temblaban, los ríos corrían sobre la tierra, y el cielo quedaba en oscuridad. Los indígenas sabían que los dioses se habían enfadado pero ni la sangre de las llamas ni las oraciones de los sacerdotes les ayudaban ésta vez.

El Sol hablaba en la voz de todo el cielo. Ustedes nunca jamás serán mis hijos favoritos. Nos han desobedecían, no una sola vez, pero tres veces. No nos han escuchado, y ya nos cansamos de su falsa penitencia y prometas vacías. Por el pecado de su ignorancia y su desgracia, les castigamos.

¿Les gusta la yuca sobre todo, aun hasta el punto de olvidarse sus dioses verdaderos? Entonces sean como la yuca. Desde hoy día, nunca jamás pueden ser altos, pintados, en formas intricados y voluntarios – horita van a aparecer como ésta raíz de que están tan enamorados. Chiquitos, morenos, con piernas y brazos cortos y redondos, y caras también como el tubérculo – sus viejitos aparecerán arrugados y torcidos como una raíz, y sus vidas siempre dependerán en la tierra. Nunca pueden ustedes separar del suelo, pueden crecer aquí y solamente aquí. Por su gran pecado, éste es tu castigo.

Los indígenas lloraban y gritaban, golpeaban los pechos, cayeron a las rodillas, cortaban el pelo y suplicaban a cada dios en torno – pero todo en vano. Habían transformado en una gente pequeña y trigueña. Perdieron sus formas exóticas y tomaron formas con dos piernas cortos, dos brazos cortos, y cabezas redondas encima de cuerpos como barrillas, con piel el color del suelo – como el color de la piel de la yuca. Los dioses eran justos pero no crueles; los indígenas no eran feos. Tenían cabello brillante y negro y ojos como carbón, y dedos listos para hacer tareas delicadas.

Pero castigo fue castigo. Nadie tenía ni pico ni comilla ni colores ricos ni cola ni una sola pluma. Nunca jamás pudieron cambiar formas cuando querían para parecer como animalitos. Nunca jamás pudieron disfrutar el favor de los dioses. Ellos tenían que trabajar duros, y muchas veces sufrían del hambre o del frío. Eventualmente los indígenas descubrían cosas buenas sobre su situación. Tenían caracteres dulces y humildes, exactamente como el sabor de la yuca. Seguían creando su tela brillante, y otras artesanías para vestirse, y, luego, vender.

Siglos pasaban; los españoles vinieron y otros también. Sin el favor de los dioses ofendidos, pasaba mal con los pobres indios durante aquel tiempo, y nunca realmente reclamaron sus tierras de los extranjeros con caras más pálidas y piernas más largas, aunque lograban de salvar la mayoría de las tradiciones antiguas.

Ésta es la razón que la gente del Ecuador, Perú, y Bolivia parecen como parecen. Y aunque la adoración de las montañas, los ríos, y el sol es casi olvidada, y la quechua no es tan hablada, los descendientes de los indígenas originales siguen vivir como dirigido por los dioses antiguos, por el pecado de sus antepasados.

Pero ellos todavía comen la yuca.

1 comments:

Justin said...

Me gusta tu cuento; suena como una leyenda real.