En El Progreso, Honduras hay una institución que se llama Proniño, una facilidad donde los niños de las calles van para detoxificar de drogas y aprender una vocación para no quedarse toda la vida en la destitución de la calle. Los chicos no tienen las vidas que tienen por propósito, pero porque sus padres les han botados, porque han sido abusados en maneras que nosotros aún no podemos imaginar. Toman drogas – la mayoría inhalan humos de goma – porque así pueden calmar el dolor de hambre. Esos chicos, algunos con solo cuatro o cinco años, son más animal que niño, y casi ninguno viene a Proniño por su propia voluntad. Como es trabajo durisísimo y peligroso, no hay muchos empleados, y ellos no queden mucho tiempo. Por eso, muchos niños escapan y vuelvan a la calle. Proniño tiene tres reglas: no mentir, no tomar drogas, y no matar. Un ejemplo de un día típico: la primera vez que visitamos allá, dos chicos discutieron sobre algo. Antes de los oficiales les encontraban, uno fue a la cocina, cogió un cuchillo, el otro al garaje, cogió un machete, y los dos luchaban hasta que los dos estaban sangrando gravemente. Ambos tenían ocho años.
Volvimos a Santos. Santos era un chico bien trigueño, de diez años que le conocí. Cogió mi mano y mientras hablábamos, él estaba mirando a las dos, la suya y la mía, y como parecían lado a lado. De repente, me dijo su sueño: cuando era adulto, me dijo, iba a ser blanco. Sorprendida, le pregunté por qué, ¿por qué querría algo así? ¿Por qué no le gustaba su propio color, porque a mí era bonito? No, me contestaba, él era feo, yo era la bonita, la superior, y él pensaba que el color de su piel era malo, y le hacía una persona mala. Mejor, me dijo, ser como yo, blanquita.
Discutía con él algunos minutos, pero no le convencí. Le prometí a visitarle cuando volví a Honduras, pero no le convencí que no era ni feo ni inferior. Yo sé que no me puedo castigar por fallar de cambiar, en media hora, una actitud que le han enseñado toda la vida; no puedo sentir culpabilidad de mi algo que nadie puede controlar – color de piel, estatura, país de nacimiento. Pero sí siento culpable. Siento culpable de representar todo el que a gente como Santos le hace sentir inferior. Siento culpable de traer mi piel blanca y mis ojos claros y mi idioma infeccioso a los que ya sufren por esas cosas. Siento culpable de parecer tan gringa que nada que hago en todo mi vida puede ocultar como parezco y de donde vengo.
Si alguien piensa que no debo sentir responsable por lo crímenes de todo los Estados Unidos hasta Latinoamérica, mira a Bolivia, donde los mineros todavía habla amargamente de los españoles que robaron su plata hace cuatro siglos. Mira a Ecuador, donde los indígenas todavía se visten de luto por la muerte del rey incaica hace dos cientos años. Mira a Panamá, donde asuntos del canal son todavía sensibles, noventa años después de la construcción. En casi quinientos años el mundo latino ha conocido nada más del resto del mundo sino dolor, y los Estados Unidos ha fallado sus obligaciones a sus vecinos al sur mucho más reciente que los españoles.
Por eso, no tengo la obligación de castigarme por los crímenes o negligencia de mi país nativo, pero sí tengo que reconocer que esas cosas han pasado y que todavía tienen un impacto fuerte allá. No tengo el derecho de ir a otros lugares a hacer sentir inferiores otras personas. ¿Quién soy yo, hacer pequeña otra gente en su propio hogar? ¿Quién soy yo, llevar a ellos la realidad de sus vidas difíciles, la desventaja vívida de no ganar la lotería de nacimiento? Hacer eso, no tengo derecho, y si tomar una identidad latina lo hará, tampoco tengo derecho de eso. No hay nada ni nadie que me puede redimir si reconozco que hago daño y sigo haciéndolo, por la realidad de ese niño y miles como él.
¿Y Santos? Nunca tuve la oportunidad visitarlo. Él escapó hace casi un año. Lo veo a veces en la calle, con su bolsita de droga. Me recordará siempre del riesgo que vivir sin saber donde me meto.
1 comments:
¿Pero, cómo cambias las vidas de esa gente? Hay mucha gente en este país que cree el mismo de la gente que conociste en Latinoamérica. ¿Qué vas a hacer? Creo que el problema es más profundo que su identidad. No puedes salvar el mundo, pero puedes hacer una diferencia ¿no?
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